Sexo sin moral, escatología y un catalogo de perversiones tan lustroso como mezquino son la base argumental de un disco que, veinte años después sigue haciendo pupa como el primer día. Cabrón y genial como el solo, Nick Currie pertenece a la miniliga de mercenarios de ese pop, que comparte casi en solitario con el grandioso Luke haines, con la pluma torcida y la lengua afilada revestida en veneno exprimido con la ironia más perversa y que, como nuestro amigo, nunca saldrán en la portada de la NME ni pondrán sus discos entre las listas de lo mejor del año. Ni falta que les hace.
Lo que nos encontramos al abrir este cofre prohibido, aparte de las letras mencionadas anteriormente, es una colección de once salivazos escupidos con la elegancia de su idolatrado Serge Gainsbourg, y del que se impregna de su espíritu libertino todo el disco, en forma de tecno-pop a lo Pet shop boys con unas pizcas del Marc Almond de “The Tenement simphony” (1991). Porque aparte de la polémica que lleva implícita todo este recorrido escabroso, como el canibalismo de “I Ate a girl right up” o el sexo con la niñera “A Dull documentary”, lo que no debemos olvidarnos nunca a la hora de valorarlo es de las canciones, que son de lo mejor que haya compuesto nunca Momus. Ahí están la titular del disco con su ritmo de discoteca ochentera de after-hours, el tecno-drama de la sublime “Ventriloquists and dolls”, la falsa placidez puesta en voz de niña de “Marquis of sadness”, el melodrama pop de la brillante “A Monkey for Sallie” y el cierre final con “Song of contravention” la cual parece sacada de la cara B del “Behavour” (1990). Y eso es mucho piropo de Dios.

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